Las dictaduras suramericanas secuestraron, torturaron, y asesinaron a miles y a cientos de exiliados, o los devolvieron a la fuerza a los países de los que habían huido. Las policías secretas compartieron información y trasladaron a sus detenidos de un país a otro, amparados por el pacto de silencio entre los autores que nunca se ha quebrantado. Ninguno de ellos ha mostrado un asomo de arrepentimiento.